Historia de la Iglesia

Fascismo con alzacuellos

Para una institución diecisiete veces centenaria como la Iglesia católica el fin de la II guerra mundial ocurrió anteayer, hace apenas setenta años. Un conflicto que desangró al mundo entero segando la vida de millones de personas al son de los cañones y las ráfagas de ametralladora; el Vaticano no permaneció impasible ante tanto sufrimiento y elevó oraciones en todo el mundo en honor a las víctimas  –como si ello sirviera de algo a los refugiados y/o mutilados por la batalla–  aunque a fin de cuentas, permaneció neutral y no condenó el fascismo ni las atrocidades que se cometieron en su nombre. Incluso, se mostró partidario del mismo como demuestran documentos, fotografías y testimonios de todo tipo de los cuales recopilamos en este artículo algunos ejemplos.

 Apoyo explícito a los dictadores fascistas. Italia

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Firma del Concordato -también llamado Pactos Lateranenses- entre Mussolini y el Vaticano

El fascismo vio la luz a principios del siglo XX en Italia de la mano de Benito Mussolini, quien marchó sobre Roma en 1922 para tomar el control del gobierno. El Vaticano vio entonces una oportunidad para negociar su soberanía en la Ciudad Eterna como Estado independiente –status que desapareció tras la reunificación italiana–  y en 1929, después de 110 reuniones oficiales y 214 extraoficiales, se firmó el Concordato entre Italia y la ¿Santa? Sede el cual otorgaba la deseada soberanía de la Iglesia católica sobre la actual Ciudad del Vaticano, en pleno corazón de Roma.

El acontecimiento supuso para la Iglesia un triunfo diplomático y para Mussolini un apoyo determinante dentro de casa; sin ir más lejos el Papa Pío XI dijo del dictador que era “un hombre enviado por la Providencia. El mismo hombre que regaló en propiedad el palacio de Castelgandolfo al pontífice como residencia de verano, lugar que ya disfrutaban los papas desde el siglo XVII pero que les fue arrebatado tras reunificarse Italia. Hoy día todos los meses de agosto el ¿Santo? Padre se relaja en los jardines del palacio y hoy día, setenta años después de la caída del fascismo, el pacto que firmaron en 1929 el Vaticano y la Italia fascista de Mussolini sigue vigente.

Alemania

Adolf Hitler llegó al poder en Alemania en 1933 y a partir de 1934 comenzó a desarrollar políticas para gobernar el país como una dictadura fascista al estilo de Italia. Los cardenales germanos se contagiaron rápidamente del sentir nazi que promulgaba la superioridad aria frente al resto y arreciaba persecuciones contra los judíos, ‘culpables de la muerte de Jesús’.

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Adolf Hitler y el cardenal Michael von Faulhaber

 Sin entrar en aspectos religiosos del propio dictador de origen austriaco, el apoyo brindado por cardenales como Joseph Frings  –arzobispo de Colonia desde 1942– o Michael von Faulhaber, el León de Münich, al régimen nazi son bien conocidos: el primero llamó a la juventud alemana a dar hasta la última gota de sangre” por el Führer y el segundo adjudicó también a la Providencia la salvación de Hitler en un atentado contra su vida en 1939 e incluso, celebró una misa en la catedral de Münich en julio de 1944 tras conocer que el dictador había salido vivo de otro atentado. La eucaristía era, por tanto, para dar gracias a Dios por salvar a Hitler.

Alemania no fue el único país donde el germen nazi creció entre los cardenales: Austria pasó a formar parte del III Reich en 1938, cuando Hitler se anexionó su país de origen por la cara (Anchluss). Los prelados austriacos redactaron y firmaron un documento entonces apoyando la maniobra ilegal de Hitler instando a los católicos de sus diócesis a tener la misma opinión al respecto.  

Al fin de la guerra en 1945, la Alemania nazi desapareció de la faz de la tierra. Lo mismo hicieron muchos de sus dirigentes ayudados, cómo no, por la Iglesia católica: el conocido ‘Pasillo Vaticano’ sacó del continente europeo a cientos de criminales nazis con identidades falsas pertenecientes a la organización ODESSA (Antiguos miembros de las SS); la ¿Santa? Sede en Roma fue una de las paradas en el viaje de huida, previo pago de una cantidad bastante considerable de oro que pasó a engrosar las cuentas vaticanas. Un negocio próspero y redondo, el cual contó con la inestimable ayuda de Francisco Franco, dictador español que ganó la Guerra Civil gracias al apoyo de las dictaduras fascistas de Italia y Alemania.

España

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Misa presidida por las banderas de España, Italia y la Alemania nazi junto a la figura de la Virgen y Jesucristo

La Iglesia católica gozó de gran poder y prestigio durante los casi cuarenta años de dictadura militar, personificada en Francisco Franco. Ultracatólico, conservador y autoproclamado garante de la cristiandad en Europa y Vigía de Occidente otorgó una influencia inusitada a la ¿Santa? Sede en la sociedad, sellando así la moral dogmática que gobernó España cuatro décadas; la “idílica” unión entre militares e Iglesia comenzó en la Guerra Civil Española (1936-1939) cuando la jerarquía eclesiástica apoyó incondicionalmente el golpe de Estado protagonizado por Emilio Mola y Francisco Franco contra la II República.

La connotación religiosa fue determinante en el bando sublevado que, arengado por curas y obispos, declararon al conflicto como una ‘cruzada nacional’ para liberar a España de las ‘hordas marxistas’ que pretendían ‘destruir la religión de Cristo’: la llegada directa al cielo católico se encontraba previo paso de la trinchera, disparando contra los republicanos que estaban enfrente. Los generales rebeldes acudieron en los dos primeros meses de conflicto con su plana mayor a las basílicas más importantes que obraban bajo control franquista; Emilio Mola en Burgos, Queipo de Llano en Sevilla y Germán Gil Yuste en Zaragoza rezaron al dios católico para vencer en la guerra, con las bendiciones previas de los prelados españoles como Enrique Pla y Deniel, Isidro Gomá, Rigoberto Doménech o José Álvarez Miranda.

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Un sacerdote celebra la eucaristía durante la Guerra Civil. El tanque hace las veces de altar

El general Queipo de Llano dictaminó que <<el que no ama a Dios, no ama a su familia y no puede ser útil para la patria>> pensamiento inequívoco de los obispos quienes se volcaron en ayudar al fascismo para conseguir la victoria. Sin ir más lejos, el cardenal Isidro Gomá –entonces arzobispo de Salamanca–  cedió a Franco su palacio episcopal en la ciudad castellanoleonesa el cual fue utilizado como centro de mando de operaciones militares. En sitios como Navarra, los sacerdotes se alistaban al ejército sublevado decididos a tomar parte en los asaltos de trinchera, tiroteos, muerte y destrucción propios de la terrible guerra.

Tras la victoria de Franco en 1939, el papel de la Iglesia católica en la sociedad española fue determinante y el país se dogmatizó bajo los auspicios del Vaticano con el beneplácito de Franco. El dictador fascista mostró su agradecimiento al dios católico y a la Iglesia con la construcción de la cruz más grande del mundo, el Valle de los Caídos, sita en la madrileña sierra de Guadarrama. 150 metros de altitud y medio centenar de ancho dan testimonio de la gran infamia que vivió España durante cuarenta años, una dictadura con el pilar central del catolicismo adoctrinando la sociedad española.

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