Albino Luciani, JUAN PABLO I

‘El Papa de la sonrisa’, como lo apodaron los católicos, duró 33 días sentado en el Trono de san Pedro. Este pontífice –de origen humilde y obrero– pasó como un relámpago por el Vaticano, para intentar iluminar la gran oscuridad que rodea a la casi por dos veces milenaria institución. Pero, al igual que el fenómeno meteorológico, su haz de luz duró apenas un mes ya que desapareció aún más rápido de lo que había llegado. ¿Muerte natural o asesinato? Como es lógico, desde la Santa Sede dijeron que aconteció lo primero, cuando todas las pruebas y hechos apuntan hacia lo segundoAsí lo mantiene don Jesús López Sáez, sacerdote que investigó el fallecimiento de Juan Pablo I y que, tras hacer públicas sus investigaciones –que  duraron quince años– ha suscitado la más amplia de las controversias.

 

Don Jesús ha publicado un pliego La incógnita Juan Pablo I (1985) y varios libros: Se pedirá cuenta. Muerte y figura de Juan Pablo I (1990), El día de la cuenta. Juan Pablo II a examen (2002 y
lamisteriosamuertedejuanpabloI 2005) y Juan Pablo I. Caso abierto (2009). En su obra ofrece al lector toda una serie de datos desconocidos de la muerte del papa Luciani. Leyendo el libro de David Yallop En nombre de Dios (1984), tomó conciencia del problema. Entonces publicó el pliego en la revista Vida Nueva. Don Jesús fue instado a no publicar ni una palabra más. Algo que, como ya supondrán, declinó amablemente. Hoy su obra  puede ser leída gratuitamente por todo aquel que esté interesado en hacerlo, algo que le engrandece por venir de donde vieneQue un sacerdote publique algo en contra de los trapos sucios de “sus jefes”, es digno de admiración sin ninguna duda. La muerte de Juan Pablo I es uno de los hechos más oscuros que recientemente ha salpicado a la Iglesia católica y debe ser tomado en consideración, ya que todo apunta a que desde la Curia “ayudaron” al papa Luciani a reunirse, mucho antes de tiempo, con su “jefe” en el cielo. En 1989, don Jesús viajó a Forno di Canale (hoy llamado Canale d´Agordo), lugar de origen de Juan Pablo I, conoció a su familia y les presentó el manuscrito del libro Se pedirá cuenta.

​Infancia y juventud

Albino Luciani nació en Forno di Canale (norte de Italia) el 17 de octubre de 1912. Hijo de Giovanni y Bortola, su padre era un obrero con ideas socialistas y su madre, una mujer piadosa y creyente. En el alumbramiento, el pequeño Luciano tuvo que ser bautizado por la comadrona al temerse por su vida, instada, cómo no, por su madre. El nombre que pusieron al recién nacido fue en recuerdo a un compañero de su padre, el cual murió trabajando frente a la mirada horrorizada de Giovanni. No olvidaría nunca este suceso ni a su amigo, decidiendo llamarle Albino en su honor.
El pequeño creció en un ambiente familiar y maternal: tenía tres hermanos más y aunque su padre estaba ausente a veces por trabajo, su infancia fue como la de un niño cualquiera. Pero cuando Albino contaba con tres años, la I guerra mundial estalló e Italia participó en la misma. El Imperio Austrohúngaro invadió el norte de la península en 1917 y Forno di Canale fue frecuentado por tropas austriacas, debido a la cercanía de la población con sus enemigos del norte. Entonces, Luciani enfermó de pulmonía, lo que hizo temer por  su vida. Bortola, su madre, buscó al médico del pueblo sin descanso hasta que supo que se había desplazado al frente para curar a soldados italianos heridos en combate. Su desesperación crecía por momentos, y la salud de Albino empeoraba cada hora. Pero entonces, “como un ángel caído del cielo” –como decía Bortola– apareció un médico austriaco que pudo administrar la medicina al pequeño enfermo, salvándole, sin ninguna duda, la vida. Desde aquel mismo instante, la piadosa madre alentó al pequeño Albino para que rezase todos los días por su salvador austriaco.
Excepto por este “pequeño gran” susto, la infancia de Luciani fue de lo más común. Cuando contaba con seis años, recibió el sacramento de la confirmación y con ocho, el de la primera comunión. La misma piedad y religiosidad que Bortola profesó a lo largo de su vida fue la que pareció adoptar Luciani desde la más tierna infancia, causa que pudo ser trascendental para que Albino decidiese, con once años, que quería ser sacerdote.
Le parecerá al lector que por aquel entonces, a la gente de la época le encantaba que un familiar suyo –y más un hijo– ingrese en el seminario con motivo de hacerse cura. En la mayoría de los casos era síntoma de alegría, pero no en la familia de Albino: su padre, de ideas socialistas, no hacía buenas migas con el clero ni con su estilo de vida. La pregunta al “cabeza de familia” se planteaba ardua e incómoda, pero el pequeño no dudó en hacérsela. Lo hizo por carta, pues su padre estaba como trabajador temporero en Francia. La respuesta tardó en llegar. Su padre aceptó con una condición: debía estar siempre al lado de los más pobres y desamparados, rechazando la riqueza terrenal acumulada por la institución la cual, tenía que servir a los más necesitados.
 
Parece ser que las palabras de su padre se grabaron a fuego en la mente de Albino, quien durante toda su vida recibió, ayudo, aconsejó y apadrinó a los más pobres. La familia hizo un gran esfuerzo económico debido a su origen humilde y el pequeño Luciani ingresó entonces en el seminario menor de Feltre, en octubre de 1923, pudiendo realizar su sueño de estudiar para sacerdote. Los curas a su cargo también coincidieron con que el pequeño Albino era curioso, revoltoso y sobre todo amable con sus compañeros.

Carrera eclesiástica

Tras sus estudios en el seminario menor y luego en el mayor de Belluno, fue ordenado sacerdote el 7 de julio de 1935 en la iglesia de san Pedro. Desde entonces, la carrera de Luciani en la jerarquía eclesiástica fue meteórica; ascendería a cargos de importancia con relativa juventud y en todos los destinos que Albino recayó, fue tratado con gran cariño y respeto el cual, se había ganado de antemano con todos ellos.
 
En 1937, es nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno (donde él estudió). En 1942, dispensado de asistir a clases, Albino se  licencia en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y en 1947 defiende su tesis doctoral. Ese mismo año publica su libro Catequesis en migajas, en el que se denota el amor por la enseñanza que Albino Luciani  profesó durante toda su vida, aunque según sus propias palabras, de no haber sido cura habría elegido el periodismo.
 
Ese mismo año de 1947, es nombrado Procanciller del obispo de la diócesis de Belluno y un año más tarde, Provicario General de la misma diócesis, donde también ostentó a partir de entonces el cargo de director de la Oficina Diocesana de Catequesis. Como decimos, una carrera meteórica reconocida y auspiciada por todos aquellos que le rodeaban: pronto advirtieron el buen hacer de Albino Luciani con respecto a sus responsabilidades sacerdotales y su buena oratoria, además de la excelente conexión con el pueblo, lo que le permitió progresar tan sorprendentemente.
En 1954, asciende al cargo de Vicario General de la diócesis de Belluno y cuatro años más tarde, el papa Juan XXIII le proclama obispo de Vittorio Veneto (noreste de Italia). Como ejemplo de su buen hacer, no le importaba hacer una visita pastoral en bicicleta y no dudaba en otorgar una audiencia a los más necesitados cuando éstos querían transmitirle algo. Sus comidas eran totalmente frugales y no hacía ascos a ningún tipo de alimento. Se levantaba mucho antes de que el sol apareciese por el horizonte y hasta que se acostaba, estaba al servicio de los demás; algo totalmente inaudito en un miembro de la jerarquía eclesiástica, lo que le hacía único en su especie.
 
El Concilio Vaticano II (1962-1965) auspiciado bajo el reinado de Juan XXIII y concluido con Pablo VI, reunió durante diferentes sesiones a los miembros más destacados de la Iglesia católica. Para que el lector se haga una idea aproximada de la importancia del mismo, desde entonces se comenzó a dar la misa en las lenguas vernáculas de cada zona geográfica, cuando antes siempre eran en latín, por nombrar un ejemplo. Pues bien, en dicho Concilio, Luciani fue de los que estuvo a favor de renovar la institución tanto interna como externamente, dirigiendo los esfuerzos a estar más cerca de los Tesoros de la Iglesia, como llamaba Albino a los más necesitados. También Luciani fue a buscar a esos Tesoros de la Iglesia fuera de las fronteras de Italia: en el verano de 1966, acompañó a la misión diocesana de Vittorio Veneto a Burundi, donde los voluntarios desempeñaban una gran tarea social. Estuvo por tierras africanas de visita pastoral dos semanas, siendo las primeras en el extranjero dentro de su misión pastoral.
 
Desde que el 15 de diciembre de 1969 el sumo pontífice Pablo VI nombra ‘Patriarca de Venecia’ a Luciani, su ascenso hasta el trono papal es incontestable. El cargo –uno de los más importantes dentro de los arzobispados italianos– no le alejó en absoluto de sus costumbres humildes: ordenaba que se recogiese la comida sobrante de los fastuosos banquetes dados a los invitados para que así, él la pudiese comer en los siguientes días sin desechar nada en absoluto. En resumen, un hombre al que no le cambiaba la forma de ser a pesar de la “grandiosidad” de su cargo.  Fue en este período cuando Luciani comenzó a escribir Ilustrísimos Señores, una obra que tratando la vida moderna y la relación con Dios, reproducía cartas enviadas –en  sentido figurado, claro está– a Charles Dickens, Mark Twain, Pinocho, Sta. Teresa de Ávila, etc. Dichas misivas, mostraban el parecer de Albino y hacía públicas sus convicciones con respecto al ministerio sacerdotal que había contraído. Reproducimos una parte primordial del mismo, toda una declaración de intenciones de Luciani por su profunda espiritualidad:
<<Teólogo no es el que habla de Dios, sino también el que habla con Dios. ¿Y cuántos de ellos hablan con Dios y nos ayudan a hablar con Él? >>
Pocos meses después y como ejemplo de su buen hacer frente a la diócesis de Vittorio Veneto, recibió la ciudadanía honoraria de dicha región, auspiciado por quienes le trataron y reconocido por las autoridades del lugar. Además, en 1973 es elegido vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, cargo que ostentó durante los próximos tres años. También en dicho año, recibió de Pablo VI la púrpura cardenalicia, lo que le dio la posibilidad de elegir papa en los siguientes cónclaves ascendiendo, finalmente, a uno de los cargos más importantes dentro de la Curia en Roma.
 
1978, Vatican City --- Portrait of the Patriarch of Venice, Italy, Cardinal Albino Luciani. --- Image by © Bettmann/CORBIS

1978, Vatican City — Portrait of the Patriarch of Venice, Italy, Cardinal Albino Luciani. — Image by © Bettmann/CORBIS

Sepa el lector que cuando se es patriarca de Venecia, vicepresidente de la Conferencia Episcopal y cardenal de la Iglesia católica, las riquezas y los lujos están a la orden del día. No así con Luciani, quien vendió a favor de los discapacitados dos cruces de oro que le regaló Juan XXIII y un anillo dado por Pablo VI. Renegaba de los rubíes y zafiros que vestían a los arzobispos de Venecia y siguió comiendo frugalmente (tenía una predilección, las nueces) levantándose antes del amanecer y recibiendo a los más necesitados. Una vez más, estar muy cerca de la cúpula vaticana no afectó en las costumbres y la forma de ser de Albino Luciani, como recuerdan los vecinos de Venecia cuando veían al patriarca montado en su bicicleta para realizar el trabajo pastoral, o cuando pedía prestada una barca a los bomberos de Venecia para moverse por la ciudad de los canales, algo fuera de toda duda con respecto a la honradez de nuestro protagonista. Y como ejemplo, destaquemos lo que un día le pasó junto al papa Pablo VI:
Estando el sumo pontífice en la plaza de san Marcos de Venecia ante 20.000 personas, el papa Pablo le puso sobre los hombros su propia estola y le dijo: “Usted merece esta estola“. Mientras tanto, el patriarca de Venecia se ponía cada vez más y más rojo de la vergüenza. Toda una declaración de intenciones.
¿Por qué el papa realizó tal acto? Sin ninguna duda, el mismo habría tenido una repercusión generalizada en toda la Curia: que Pablo VI coloque la estola papal al patriarca Luciani es un mensaje además para toda la cristiandad católica al hacerles ver que era Albino Luciani quien merecía ser Sumo Pontífice, por su vida dedicada a los demás y su buen hacer frente a los Tesoros de la Iglesia.
 
 Este modo de proceder ya hizo que entonces se enfrentase por primera vez con Paul Marcikus, presidente del Banco Vaticano. Luciani preguntó en Roma a Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, por el problema del Banco Vaticano. Un hecho cabreó en demasía al patriarca de Venecia: la venta del Banco Católico del Véneto al Ambrosiano en 1972. Según las normas, antes de la posible venta los obispos de la región deben ser consultados; esto no se hizo en ningún momento y Luciani se enfadó sobremanera. El Banco Católico del Véneto prestaba dinero a muy bajo interés a los más necesitados, algo que a partir de entonces, se acabó por completo. Como es lógico, el patriarca de Venecia formó una idea clara en su cabeza de la corrupción reinante en la ¿Santa? Sede, lo que le marcaría durante el resto de su vida y guiaría las reformas que pretendió hacer efectivas en la institución.

Pontifex Maximus

El 6 de agosto de 1978, Pablo VI murió y dejó vacante el Trono de san Pedro. Celebrados los funerales del hasta entonces papa, el cónclave de cardenales debía reunirse para votar a quien sería la próxima “voz de Dios en la tierra”. Los miembros con derecho a voto se dirigieron a la Capilla Sixtina desde todos los puntos del globo y se encerraron a cal y canto para las votaciones. Albino Luciani, quien no era muy amigo de todas estas reuniones y prefería seguir con el día a día de su archidiócesis, acudió al Vaticano deseando que pronto acabase dicho cónclave, ya que el verano romano es implacable y sus quehaceres pastorales eran muy numerosos. No imaginaba la que se le venía encima.
 
Ya en las reuniones anteriores al cónclave, el cardenal Giovanni Benelli informó a varios purpurados  –entre los que se encontraba Luciani–  de que la situación económica de la Iglesia era extremadamente delicada. El próximo Papa que ocupase el Trono de san Pedro tendría que poner orden en las cuentas vaticanas y lidiar con los asuntos más terrenales de la ¿Santa? Sede, lo que no vino a confirmar la idea del patriarca de Venecia con respecto a los líos del IOR, Marcinkus y el Banco Ambrosiano.
 
Tras dos votaciones infructuosas en el primer día de cónclave, a la tercera fue la vencida. El 26 de agosto de 1978,  Albino Luciani fue elegido el sumo pontífice número 263 de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Fue conducido a la camera lacrimatoria –llamada así porque casi todos los hombres que cruzan el umbral de la puerta lo hacen llorando– y tras varios minutos en soledad, se le preguntó si aceptaba el cargo. Una vez asintió, se procedió a preguntarle por el nombre que elegía como nuevo monarca del catolicismo, a lo que respondió con uno compuesto, el primero de toda la Historia del papado: Juan Pablo.
Juan” porque fue Juan XXIII quien le hizo obispo, además de profesar una admiración desmesurada por este hombre. “Pablo“, porque fue Pablo VI quien nombró patriarca de Venecia y le concedió la púrpura cardenalicia y quien le puso la estola papal aquel día años atrás en la Plaza de san Marcos. Entonces, se dio un hecho curioso: el encargado de preguntarle el nombre –cardenal Felici–­ una vez sabido, dijo “Llámese entonces Juan Pablo I”, cometiendo el error de decir ‘primero’, cuando en dichos casos, éste no se nombra. Albino Luciani, quien se dio cuenta del fallo, contestó: Sea Juan Pablo I, ya que el segundo vendrá pronto. Frase que, de ser cierta como así parece, es toda una declaración de intenciones con respecto a su pontificado y las medidas a adoptar tras su elección como sucesor de san Pedro.
 
Al igual que Pablo VI, renunció a los fastos de la coronación y únicamente, ofició misa, como un sacerdote más en un día cualquiera. Así era Juan Pablo I, huidizo de banquetes y poco amigo de los halagos. Pronto, cuando tuvo un momento de sosiego tras su elección, ya le dijo a alguno de sus más próximos colaboradores las intenciones que tenía con respecto a la Iglesia, su renovación interior pero sobre todo, exterior. Era un papa que no quería ser Jefe de Estado; criticaba duramente el sistema económico por estar únicamente al servicio de los que más tienen, renegaba de cualquier protección del servicio secreto, quería hacer del Vaticano el mayor hospedaje del mundo y albergar en él a los desposeídos de Roma, reformar las finanzas de la ¿Santa? Sede y en especial, el IOR (Banco Vaticano) además de un sinfín de medidas totalmente revolucionarias para la institución por casi dos veces milenaria. Pero varias voces dentro de la Curia se alzaron en contra, algunas de ellas, extremadamente poderosas.
Jean Villot, Secretario de Estado con Pablo VI y camarlengo (sustituto temporal del papa) hasta la elección del nuevo pontífice, era una de las “cabezas pensantes” que Juan Pablo I quería alejar de la Curia, por sus contactos con la logia mafiosa Propaganda Due y sus negocios ilícitos con Roberto Calvi, el Banquero de Dios. Era, sin duda, uno de los pesos pesados dentro del Vaticano que vigilaría las medidas adoptadas por Juan Pablo I.
Albino Luciani lanzó su primer mensaje al mundo por la radio, la bendición “Urbi et Orbi“, al día siguiente de haber sido elegido Juan Pablo I. Comenzó su tarea pastoral el 3 de septiembre y empezó a realizar las tareas propias del monarca de la ¿Santa? Sede de puertas para afuera, pero también, y de forma enérgica, de puertas para adentro. Y más, cuando una “mano negra” le dejó en su escritorio una copia de un informe procedente de la Oficina Italiana de Control Bursátil. En la misma, se concluía que el Banco Vaticano era una institución “inviolable”, económica y jurídicamente, lo que sugería que la institución estaba controlada por unos pocos interesados que, indudablemente, utilizaban la entidad financiera vaticana para sus propios fines y objetivos. Como es lógico, Juan Pablo I quiso aclarar tales asuntos y poner orden en el IOR, del que era responsable último.
 

Anastasio Somoza

Por aquellos primeros días de pontificado, la revista inglesa The Economist publicaba un artículo que resaltaba los oscuros negocios del Banco Ambrosiano y de su socio principal, el Banco Vaticano. Los encargados de realizar las operaciones lo hacían en el más absoluto oscurantismo, no dejando a nadie ni a nada que supervisase dichas operaciones. Como es lógico, Juan Pablo I se hizo eco del mismo e intentó conocer lo más que pudo en el menor tiempo posible. Para ello, contó con los testimonios de los cardenales Benelli y Felici quienes le informaron de todo lo que sabían, entre ellos la financiación vaticana al dictador de Nicaragua Anastasio Somoza, negocios de venta de armas, evasión de divisas, blanqueo de capitales procedentes del tráfico de heroína y demás actividades que en nada deberían relacionarse con la Iglesia católica. Como es lógico, el Santo Padre quedó conmocionado por dichas revelaciones, ¿cómo la “Casa de Dios” podía estar inmiscuida en negocios tan turbios y de tan poco calado moral?
El 12 de septiembre de 1978, en L´Osservatore Politico publica un artículo el periodista Carmine ‘Mino’ Pecorelli en el que aparece una lista de 121 masones vaticanos, entre los que se encontraban Jean Villot (Secretario de Estado), Ugo Poletti (cardenal Vicario de Roma) y Paul Marcinkus (presidente del Banco Vaticano). La fuente de Mino Pecorelli era totalmente fiable, ya que él mismo había decidido contarlo todo tras su “salida grandiosa” de la logia Propaganda Due (P-2). Publicó también otros artículos. Como es lógico, seis meses después apareció asesinado con un tiro en la mandíbula, “por soplón”.
 
Las conexiones de Propaganda Due y El Vaticano eran ya conocimiento de todos por lo que Juan Pablo I quiso atajar de raíz toda la cuestión, para lo que contó con la inestimable ayuda de algunos de los espías de la Santa Alianza, en especial con Giovanni DaNicola. Éste sacerdote fue quien informaba al cardenal Benelli –quien empezó a contar a Juan Pablo I los oscuros sucesos relacionados con Paul Marcinkus– al estar infiltrado en el Banco de Italia; era Licenciado en Ciencias Económicas y gran conocedor de la creación de empresas bursátiles en paraísos fiscales, por lo que sus servicios fueron requeridos en demasía por el IOR. El papa Luciani pidió ver al espía DaNicola, quien se ofreció presto a informar a Su Santidad de los oscuros asuntos del Banco Vaticano y sus socios.
 

El todopoderoso cardenal estadounidense Paul Marcinkus

El 17 de septiembre, Juan Pablo I y Giovanni DaNicola se reunieron para que el espía explicase al Sumo Pontífice toda la trama que rodeaba al IOR, el Banco Ambrosiano y Propaganda Due. Dicho informe fue llamado “IOR-Banca Vaticana. Situación y proceso“, donde se compiló toda la información referente a los sucesos y personajes que protagonizaban toda la historia. Días más tarde, el 23 de septiembre, DaNicola también adjuntó a dicho dossier un informe que circulaba por el Banco de Italia y que anunciaba la investigación realizada por la justicia italiana al Banco Ambrosiano a raíz de una denuncia anónima. Tras las investigaciones pertinentes, las autoridades se toparon con dos sociedades posiblemente fraudulentas: Suprafin y Ultrafin. Pues bien, para que no se removiera nada, Roberto Calvi, presidente del Ambrosiano, dijo que pertenecían al IOR; con ello paró cualquier tipo de investigación porque el Banco Vaticano goza, recordemos, de inmunidad totalmente inmaculada.
 
Juan Pablo I tenía ante sí un grave problema: altos cargos de la Curia habían utilizado los resortes de la Iglesia para cerrar tratos con La Cosa Nostra. Y no sólo eso, ya que con la inmunidad inmaculada de la ¿Santa? Sede se podían enviar miles de millones de dólares a paraísos fiscales, lo que hicieron Marcinkus, Calvi y sus colaboradores. Cuando DaNicola entregó el segundo informe el 23 de septiembre, Juan Pablo I ya tenía una lista casi completa de los miembros corruptos de la Curia, los cuales iban a ser sustituidos de inmediato por ‘hombres de fe’, cardenales mucho menos preocupados por las riquezas terrenales de la institución y dedicados a los Tesoros de la Iglesia. Pero al papa Luciani le quedaban por sortear varios de los problemas más notorios: la cercanía del Secretario de Estado Villot a la cúpula papal y los contactos de Paul Marcinkus, presidente del Banco Vaticano, con alguno de los espías de la Santa Alianza.
De nuevo, el antes mencionado periodista ‘Mino’ Pecorelli publicó un artículo el día 26 de septiembre (tres días antes de la muerte del Sumo Pontífice) titulado Su Santidad, ¿cómo está? donde pregunta a Juan Pablo I por su salud y hace una referencia indudable sobre los deseos del papa: “hoy en El Vaticano muchos tiemblan, y no solamente monseñores y sacerdotes, sino también obispos, arzobispos y cardenales”. Lógico si se revisan los comentarios de Albino Luciani tras llegar al Trono de san Pedro, donde decía que nosotros, los obispos, sólo gobernamos si servimos. Éste es el ministerio que el Santo Padre reclamaba para los líderes de las comunidades eclesiales de todo el mundo; servicio a los demás por encima de todo, nada de tratos con banqueros, mafiosos o creación de parcelas de poder personal a cargo de los purpurados. Todo eso se había acabado con Juan Pablo I.
 
El 28 de septiembre, tras desayunar escuchando los informativos de la RAI, Luciani se reunió con sus secretarios Magee y Lorenzi para tratar diversos temas que requerían de la atención de Juan Pablo I. A las dos de la tarde, se retiró a comer con ambos ayudantes a los que se les unió el Secretario de Estado, Jean Villot. Terminado el almuerzo, los cuatro comensales pasearon largo rato por los jardines vaticanos comentando, muy seguramente, los cambios que se producirían en el seno de la Curia a instancias del actual monarca papal. Juan Pablo I se retiró de nuevo a atender los asuntos que le concernían y a las ocho de la tarde se apartó a rezar el rosario junto con un par de religiosas y dos agentes de la Santa Alianza. A las nueve, le sirvieron la cena mientras veía los informativos de la Radiotelevisione Italiana y media hora más tarde, se retiró –junto con el agente del servicio secreto que custodiaría su puerta como cada noche­– a su habitación para descansar, no sin antes pedirle a sor Vincenza una bandeja para dejar su vaso de agua. Ocho horas más tarde, el papa Juan Pablo I era encontrado muerto con unos folios en la mano, la lámpara de la mesilla encendida y recostado sobre el cabecero de la cama, sentado cómodamente para leer dichos informes. Tenía las gafas apoyadas sobre la punta de la nariz y ninguna mueca o gesto de dolor visible.
 
¿Cómo Juan Pablo I, quien gozaba de buena salud durante toda su vida, murió tan sólo treinta y tres días después de ser elegido? Los creyentes católicos de todo el mundo se estremecieron al conocer que ‘el Papa de la sonrisa’ había fallecido así, de repente, de un día para otro y sin previo aviso o síntoma. Fue una noticia, sin duda alguna, que conmocionó incluso a aquellos que no eran creyentes. El Vaticano publicó que la muerte acudió debido a un infarto agudo de miocardio y anunció que ya se había embalsamado el cuerpo, como manda la tradición con los papas, sin hacerle la autopsia. Según la versión oficial (que no verdadera) el cuerpo lo encontró a las 5.30 h. su secretario, John Magee, quien avisó al Secretario de Estado Villot y al doctor Buzzonetti, segundo del médico jefe, que certificó su fallecimiento. Seguidamente se embalsamaría el cuerpo y se redactaría la nota de prensa. Según declaraciones de Paul Marcinkus, presidente del Banco Vaticano, “el Espíritu Santo se había equivocado en el último cónclave con la elección de Juan Pablo I. ¿No era Dios uno y trino, además de infalible? El cardenal relacionado con La Cosa Nostra tuvo la desfachatez de hacer este comentario frente a los periodistas, tras el breve reinado de Albino Luciani, que duró solamente 33 días.

Asesinato de Juan Pablo I

Las incoherencias con respecto a la muerte del Papa de la sonrisa son muy numerosas y contradictorias. La versión vaticana alude al mal estado de salud del pontífice, algo que los escépticos, con las pruebas en la mano, no se creen en absoluto. Luciani apenas estuvo enfermo a lo largo de su vida: nadie recuerda a Albino guardando un día de cama o enfermo durante su ministerio sacerdotal; comía todo lo que le ponían en la mesa y no era dado a excesos alimenticios. No bebía y no fumaba, además de ser un apasionado de la bicicleta. Primera contradicción acuciante: Juan Pablo I no era propenso a tener un infarto ni representaba un cuadro médico típico de una víctima del mismo.
 
Cuando Magee descubrió el cuerpo y el doctor Buzzonetti certificó su muerte, Villot llamó a los hermanos Signoracci que se encargaron de embalsamar a Juan Pablo I, algo lógico si se trata de seguir con la tradición de los papas muertos pero un delito para la justicia italiana, que señala que deben pasar al menos 24 horas desde la defunción hasta el embalsamamiento. ¿Por qué el Secretario de Estado tuvo tanta prisa con el procedimiento, si apenas un mes y medio antes con la muerte de Pablo VI, se respetó la ley? Por aquel entonces, Villot era también camarlengo así que procedió de diversa manera en dos situaciones que deberían haber sido exactamente iguales, con apenas 50 días de diferencia. Segunda contradicción.
La Santa Sede anunció que la hora del fallecimiento fueron las 23.00 h del 28 de septiembre. ¿Cómo, si no se le hizo –supuestamente– autopsia? El Secretario de Estado y la comisión vaticana integrada por los cardenales Silvio Oddi y Antonio Samoré concluyeron que el motivo del fallecimiento era “muerte natural“, por lo que no existían motivos para realizar dicha autopsia. Algo que contradice la versión de un benedictino que trabajaba en la Secretaría de Estado, quien dijo a un profesor del Seminario Diocesano de Roma, Giovanni Gennari, que sí se le había realizado la prueba. ¿Por qué existen versiones diferentes desde la Secretaría de Estado sobre algo tan elemental como la autopsia del Santo Padre? Aquí tenemos la tercera contradicción.
 

Sor Vinceza, quien descubrió el cuerpo de Juan Pablo I

Según la versión del Vaticano, John Magee, uno de los secretarios de Juan Pablo I, fue quien encontró el cuerpo sin vida del papa sobre la cama. Mentira, pues quien realmente lo encontró fue sor Vincenza, aquella monja que acompañaba a Luciani y que le servía la comida; esa mujer a quien le pidió la bandeja para el vaso de agua, recuerden. Pues bien, como finalmente reconoció El Vaticano, se cambió la versión por “el qué dirán” cuando se contase que una monja estaba en los aposentos privados del papa. Simplemente, una tontería como una casa; una excusa rápida para no mencionar a la anciana religiosa, que fue instada por Villot a no decir nada de que ella había descubierto al papa muerto y la envió a su Véneto de origen, así que la ¿Santa? Sede mintió en primera instancia, lo que nos lleva a la cuarta contradicción.
Esta cuarta contradicción nos conduce a la quinta, el testimonio de sor Vincenza Taffarel. Según don Jesús López, autor de la más exhaustiva y completa investigación sobre la muerte/asesinato de Juan Pablo I, la monja dijo que cuando no vio al Santo Padre rezando en la capilla –como era costumbre en él– acudió a las 05.00 h. a sus aposentos privados, donde vio intacto el café que le había llevado a Luciani. Entonces, descubrió horrorizada al papa inmóvil. Cuando le tocó para comprobar el pulso, notó que el cuerpo estaba tibio pero que ya no vivía. ¿El cuerpo tibio, cuando se supone que murió seis horas antes? Totalmente imposible, ya debería presentar el rigor mortis y estar totalmente frío (es de importante mención señalar que los hermanos Signoracci también dijeron que el cuerpo estaba tibio). Quinta contradicción: Juan Pablo I no pudo morir en la hora que anunció la versión oficial, registrada por los Servicios Médicos del Vaticano.
Muy importantes para intentar resolver toda la trama, los Servicios Médicos del Vaticano eran dirigidos por el médico jefe Fontana. Su segundo era el doctor Buzzonetti, quien certificó la muerte de Juan Pablo I en la presencia del cardenal Villot. ¿Por qué no lo hizo el profesor Fontana y debió hacerlo Buzzonetti, si el primero mandaba sobre el segundo? ¿Fontana estaría con asuntos más importantes que certificar la muerte del papa? Suponiendo que sus asuntos fuesen más importantes, fijémonos en las veces que en esos treinta y tres días el profesor Fontana tuvo que atender a Juan Pablo I: ninguna. No tuvo que acudir una sola vez a inspeccionar al sumo pontífice en más de un mes, e incluso cuando éste muere, tampoco acude a certificar su muerte. ¿Qué médico jefe de los Servicios Médicos del Vaticano es este? Pero no lo contemos como contradicción, sea visto por nosotros como un mal empleado. ¿Y su médico personal, el Dr. Da Ros, qué opinaba de todo esto?
 
En el Vaticano se dijo que el infarto se debió a un medicamento que le recetó el Dr. Da Ros aquella tarde, un vasodilatador que tomado en exceso habría producido la muerte al pontífice, por equivocarse al tomar la dosis del mismo. Esto señala directamente al médico personal de Juan Pablo I, quien durante años no hizo declaración alguna sobre el asunto. Pero en 1993, en una entrevista concedida a un periodista italiano, Da Ros dijo que el papa estaba bien y que él no recetó nada aquella noche, corroborado porque en la lista que la Farmacia Vaticana ese día no salió ningún medicamento de sus dependencias. Es más, no había salido en todo el mes (esta confesión se le debe a un religioso español que trabajaba en la Farmacia Vaticana, ya que dicho libro no puede ser ojeado por cualquiera). Sexta contradicción: el Dr. Da Ros no recetó el vasodilatador la tarde antes a la muerte de Albino Luciani.
 
Volvamos al asunto del embalsamamiento con los hermanos Signoracci: cuando sor Vincenza encontró el cuerpo a las 05.00 h. del 29 de septiembre, avisó al secretario Magee que a su vez, hizo llamar a Villot y al doctor Buzzonetti. Entonces, el Secretario de Estado, llamó a los hermanos embalsamadores (la Santa Sede también adujo al calor sofocante del verano para que no se descompusiera el cuerpo, pero ¿acaso el anterior papa no había muerto el 6 de agosto?) que llegaron mucho antes de lo que debían; a las 06.10 h. Villot les hizo llamar, y apenas diez minutos después, ya estaban en El Vaticano. Esto es un hecho determinante: ¿cómo los embalsamadores llegaron con todo el instrumental necesario tan rápido, alejados a casi 40 minutos en coche de la Santa Sede? Por cuándo arribaron, les tuvieron que haber avisado a eso de las 4.45 h. porque debían preparar todo lo necesario para su trabajo, desplazarse y acudir a la llamada, lo que llevaría algo menos de hora y media en total. ¿Quién avisó a los hermanos Signoracci antes de que el cuerpo de Juan Pablo I fuese descubierto por sor Vincenza? Séptima contradicción, aunque por lógica podemos saber quién es el encargado de hacerlo siempre: el Secretario de Estado.

Juan Pablo I y su futuro sucesor, el cardenal Karol Wojtyla (Juan Pablo II)

La sucesión de hechos en la Santa Sede desde que Albino Luciani fue descubierto muerto era trepidante: desde la Secretaría de Estado, comandada por Villot, hasta Giovanni DaNicola –espía de la Santa Alianza al servicio de Juan Pablo I– movían sus hilos en pos de sus intereses; DaNicola habló con el cardenal Benelli y le informó de que el agente encargado de velar por la seguridad del papa mientras dormía había recibido órdenes, de un superior no identificado, de dejar de proteger la antesala del dormitorio de Luciani poco antes de las 22.00 h. del 28 de septiembre. Hecho que demostró las peores sospechas de Benelli y DaNicola: éste último sabía que con la desaparición de Luciani sus días estaban contados, así que pidió el traslado a Canadá. La carta de aprobación no llegó nunca; DaNicola apareció ahorcado en un parque de Roma cuatro días después del fallecimiento de Juan Pablo I. La autopsia reveló que había muerto de un fuerte golpe en la nuca y su cuerpo presentaba signos de lucha anteriores a la muerte. La persona que más sabía de los turbios asuntos del Banco Vaticano era ahora alimento para los gusanos para alivio de Villot, Marcinkus, Calvi y demás personajes oscuros de la trama.
 
Hemos de recordar que en la Curia de Roma, eran muchos más los afectados por la venida de un papa como Juan Pablo I que los beneficiados: todos aquellos que tenían asuntos turbios en la “Casa de Dios” temblaban –como dijo Mino Pecorelli en su artículo– ante la llegada de un Santo Padre con el carisma de Luciani, que buscaba eliminar todo el ámbito terrenal de la Iglesia en cuanto a tesoros y riquezas se refiere poniéndolo al servicio de los más necesitados. Marcinkus y Villot sabían que sus días estaban contados en la Curia bajo el reinado de Juan Pablo I, así que informaron a sus “superiores” –sean quienes fuesen– y entre todos acordaron quitarse de en medio a tan molesto inquilino en el Trono de san Pedro. Como dicen en El Padrino, “son sólo negocios”, nada más. Pero negocios en el seno de la casa de Dios en la tierra, y bajo auspicios papales como ocurrió con Pablo VI y Juan Pablo II.
Cuando fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia católica, Albino Luciani dio a conocer sus planes con respecto al periodo de su reinado: lucharía contra la mafia, la masonería y los negocios turbios del Vaticano. Cambiaría, como ya dijimos, a los puestos clave de la institución por hombres piadosos alejados de los vicios terrenales y las ansias de poder. Así lo anunció tiempo después “la persona de Roma”, como llama don Jesús en su obra al cardenal Eduardo Pironio. Diferentes organizaciones se habían infiltrado en la Curia  –como demostró la lista que hizo pública el periodista Pecorelli–  y Juan Pablo I quería alejar a todos esos 121 moscones del trono de San Pedro, el cual habían manejado con hilos durante bastantes años por único interés personal. Mucho trabajo y muy peligroso para unos pocos hombres: Luciani no pudo hacer efectivos los cambios por el breve tiempo que fue papa, treinta y tres días. Pero no hay duda de que los iba a hacer, como demuestra nuestra octava contradicción: los papeles de Juan Pablo I.
 
La versión oficial vaticana dijo que cuando se encontró el cuerpo del papa, tenía el <<Kempis>> (realmente se llama A imitación de Cristo) en la mano. Dicho libro lo escribió en 1418 de forma anónima Tomás De Kempis, y era demasiado grande como para que el Sumo Pontífice lo sostuviese después de su muerte. Sor Vincenza dijo que eran unos folios, pero que no conocía el contenido de los mismos. Recapacitemos y recordemos el último día en vida de Juan Pablo I: el 28 de septiembre, se había reunido a comer con sus dos secretarios, Lorenzi y Magee, además de con el Secretario de Estado Villot. La publicación de la lista de Pecorelli con los 121 eclesiásticos pertenecientes a la masonería aceleró el proceso emprendido por el Santo Padre; aquel día, en aquella comida, Juan Pablo I estaba informando de los cambios al cardenal Villot, por lo que los papeles que sostenía en la mano Luciani después de muerto eran dichos cambios plasmados en folio, los mismos documentos que Juan Pablo I enseñó al Secretario de Estado, a punto de ser cesado. Dichos documentos no fueron encontrados nunca, desaparecieron de las dependencias papales una vez que Villot accedió a ella con el Dr. Buzzonetti. Octava contradicción: Juan Pablo I fue encontrado con unos folios y no con el Kempis en la mano.
En apenas unas líneas, entre la versión oficial y los testimonios de los protagonistas se ven innumerables contradicciones. Para facilitar la comprensión global del asunto, hagamos un pequeño resumen:

-Primera contradicción: Juan Pablo I no era propenso a tener un infarto.
 
-Segunda contradicción: Villot procedió de diferente manera en la muerte de dos papas con apenas 50 días de diferencia. Con Pablo VI esperó 24 h. para embalsamar el cuerpo; Juan Pablo I, a las pocas horas de su muerte y contra la ley, había sido embalsamado.
 
-Tercera contradicción: Desde la Secretaría de Estado se dijo que no se había realizado la autopsia a Juan Pablo I, cuando un benedictino que trabajaba en la misma afirma todo lo contrario.
 
-Cuarta contradicción: sor Vincenza fue quien encontró el cadáver, y no el padre Magee.
 
-Quinta contradicción: Juan Pablo I estaba tibio cuando sor Vincenza lo encontró, como también lo corroboran los embalsamadores, así que no pudo morir a las 23.00 h. del 28 de septiembre de 1978, sino horas después.
 
-Sexta contradicción: el Dr. Da Ros (médico personal de Albino Luciani) no recetó el vasodilatador que se dijo en la Santa Sede, pues el papa estaba bien la tarde anterior.
 
-Séptima contradicción: lo pronto que llegaron los embalsamadores, hermanos Signoracci, desde que Villot les avisó hasta que se presentaron en la puerta; apenas diez minutos después.
 
-Octava contradicción: Juan Pablo I no tenía el <<Kempis>> en la mano, sino los folios que reunían todos los cambios que iba a hacer en la Curia.
 

Jean Villot, secretario de Estado del Vaticano

*A todas estas contradicciones totalmente evidentes, hemos de añadir la muerte cuatro días después de Giovanni DaNicola, espía de la Santa Alianza que trabajaba con el papa en la confección de los cambios en la Curia debido a los negocios turbios de sus cardenales.
Es de recibo mencionar también las declaraciones del consejero teológico de Juan Pablo I, Germano Pattaro, donde hace alusión a que días más tarde de ser elegido Sumo Pontífice ya circulaban rumores de un complot contra el papa. Albino Luciani sabía que no iba a disponer de mucho tiempo desde que iniciase dichas reformas y por eso fue el primer asunto a tratar por el Santo Padre, que en apenas treinta y tres días ya tenía confeccionado el nuevo plano de la Curia de Roma, las destituciones y los “destierros forzosos” de los cardenales implicados a diócesis de la otra punta del mundo y sin resonancia política ni financiera. Cierto es que el escándalo se conocería a los cuatro vientos, lo que sería el mayor impulso de Juan Pablo I para acometer los profundos cambios en la jerarquía eclesiástica: que los católicos del mundo entero le apoyasen en su cometido debido al escándalo del IOR y sus tratos con La Cosa Nostra. Y estuvo cerca de hacerlo, muy muy cerca.
 

La conspiración

Paul Marcinkus, el todopoderoso presidente del Banco Vaticano-IOR, sabía que como Juan Pablo I hiciese público todo el asunto se iba a armar la marimorena. Tendría la excusa perfecta para conseguir su noble fin y la cabeza de Marcinkus rodaría escalinata abajo, símbolo de la nueva institución católica dedicada únicamente a los Tesoros de la Iglesia. Como no estaba solo en los problemas, ya que Jean Villot estaba igualmente metido hasta el cuello en toda la trama financiera de paraísos fiscales, evasión de divisas, venta de armas, blanqueo de dinero procedente de la heroína y demás cuestiones, juntos planearon, a instancias de otros purpurados aliados en el complot, el asesinato de Juan Pablo I. Villot sabía de primera mano por dónde iban las investigaciones e informó a Marcinkus de todo ello puntualmente, además de la influencia que tenía ya de por sí el influyente mandatario del Banco Vaticano con sus agentes “especiales” de la Santa Alianza (era la “autoridad superior” que dio la orden al agente de abandonar la vigilancia de los aposentos del papa).
 

Roberto Calvi, ‘el Banquero de Dios’

Roberto Calvi también estaba interesado en que Juan Pablo I muriese antes de tiempo, ya que el Banquero de Dios necesitaba contar con el apoyo financiero del Vaticano para salvar su banco –el  Ambrosiano– a punto de la bancarrota. Si el Santo Padre le negaba los fondos, el banco sería intervenido y las cuentas se harían públicas, con todo el montón de mierda que eso implicaba para Calvi, Villot, Marcinkus y otros purpurados. El complot sería destapado, y el Banquero de Dios apremiaba a ambos cardenales a tomar una decisión definitiva que solucionase sus problemas. Y esa solución era la muerte inminente de Juan Pablo I.
El día de la reunión, cuando Villot fue informado en la comida del 28 de septiembre de los cambios, contactó con el cardenal Marcinkus en cuanto tuvo la oportunidad: eran inmediatos. Toda la trama se desmoronaría y los culpables con ella, así que había que darse prisa en acabar con la raíz del problema. Es más, Marcinkus se había enfrentado en más de una vez con Luciani por la venta del Banco Católico del Véneto y sabía cómo se las gastaba el nuevo pontífice: era terco como una mula en asuntos de este cariz y totalmente inflexible; la Iglesia no debía tener negocios ni riquezas terrenales.
Ésta fue la principal causa del asesinato de Albino Luciani: querer dedicar a la Iglesia a las tareas que debería haber empezado a hacer hace ya mil setecientos años. Quienes controlaban los resortes de poder en la Curia se verían privados de sus privilegios, poderes y riquezas siendo apartados de la jerarquía eclesiástica, lo que no pudieron soportar. Decidieron acabar con la vida de Juan Pablo I antes que ser declarados culpables y verse apartados de sus parcelas de poder. La gran conspiración urdida intra muros del Vaticano había surtido efecto, y sus creadores siguieron impunemente en sus cargos. Cuando Juan Pablo II fue elegido el 16 de octubre de 1978 Sumo Pontífice de la Iglesia católica, toda la documentación referente al IOR y sus trapos sucios llegó a sus manos: no hizo absolutamente nada. Ratificó a Villot como Secretario de Estado y a Marcinkus como presidente del Banco Vaticano; incluso éste último siguió siendo jefe de la seguridad personal del papa. Los culpables no eran castigados, todo lo contrario; eran colmados de nuevos honores y puestos de poder. Así funcionaba el Vaticano, y así funcionará siempre hasta que caiga.
 
También es muy importante mencionar la muerte de cinco cardenales relacionados con las investigaciones entre 1979 y 1982, con una media de edad entre ellos de sesenta y nueve años, relativamente jóvenes para su defunción: Villot, Benelli, Felici, Vagnozzi y Pignedoli. ¿Curiosa coincidencia? Nosotros no lo creemos así, ya que Paul Marcinkus murió plácidamente en EE.UU en 2006, quien era la cabeza principal en toda la trama por dos motivos: su puesto en el IOR y sus extensos contactos con la Santa Alianza. Ese cardenal que aludió a la equivocación del Espíritu Santo con respecto a la elección de Juan Pablo I.

Conclusiones

Juan Pablo I era un hombre bueno y ejemplar. Predicaba con lo que cumplía, y nunca se le olvidó la promesa que hizo a su padre cuando le dejó ser sacerdote: todo por y para los pobres, los Tesoros de la Iglesia. Cierto es que apoyó al Opus Dei de Escrivá de Balaguer, pero seguro que no conocía los tejemanejes económicos de la organización católica ni sus actitudes sectarias; que Juan Pablo I le quisiera otorgar a la mujer el papel que le corresponde en la Iglesia católica así lo indica. El Opus Dei mantiene un modelo patriarcal totalmente marcado, reservando a la hembra el cuidado de los hijos y las tareas del hogar. Albino Luciani sabía que 3/4 partes de la institución la forman mujeres, por eso sus buenas intenciones para con ellas. 
 
Llamado ‘el Papa de la Sonrisa’, Juan Pablo I era un ejemplo para todos los creyentes, y para quienes no lo somos, también. Sus deseos de reformar la Iglesia católica no habrían caído en saco roto, ya que millones de católicos alrededor del mundo reniegan del modelo jerárquico de la institución, de sus riquezas, de sus privilegios, de sus negocios y demás aspectos que en nada tienen que ver con la supuesta voz de Dios en la tierra. Ésa era la fuerza de Luciani, los creyentes en los votos de pobreza, castidad y obediencia (al papa) que pretendía usar, por primera vez en la Historia, en beneficio de los más necesitados. No era de los que creía que la pobreza es necesaria para que unos pocos se enriquezcan a costa de ella (como hizo Teresa de Calcuta), sino que pensaba erradicarla con el aparato vaticano por bandera y sus influencias de sobra conocidas.
Juan Pablo I no quería ser un Jefe de Estado, quería ser el primus inter pares (primero entre iguales) de todos los obispos de la Iglesia: gobernar junto con ellos la casa del Dios católico y a sus fieles, otorgar a la institución el papel caritativo que debería tener desde su creación y desligarse de aspectos meramente terrenales. Quería poner orden, y su asesinato es la primera prueba de todo ello; si en su reinado hubiese establecido las bases de la nueva Iglesia católica, otro gallo cantaría hoy día para la Curia en Roma y por extensión, en las comunidades católicas de todo el mundo. No era un papa reformador, él era la reforma en sí. Su concepción de la institución por casi dos veces milenaria en nada se parece al de la mayoría de los cardenales, arzobispos, primados y obispos, que se pasean con lujosas joyas y ostentan una riqueza desmesurada para su cargo; Juan Pablo I vendió varias cruces y anillos a favor de los más necesitados, convivió con ellos, les escuchó, les atendió y les tuvo como primer objetivo en su ministerio sacerdotal.
 
A diferencia de lo que dicen muchas voces católicas, a Juan Pablo I no se le quedó grande el cargo: sabía lo que debía hacer y cómo proceder ante la difícil situación que se encontró. Si los escándalos del Banco Vaticano y sus cardenales hubiesen salido a la luz, tendría la excusa perfecta para reformar totalmente la Iglesia, porque las evidencias pesarían ante todos los católicos para tomar dichas decisiones. Lamentablemente, los intereses terrenales volvieron a hacer presencia en “la Casa de Dios” y Juan Pablo I fue asesinado a los treinta y tres días de ocupar el cargo; si hubiese podido hacer efectivas sus reformas, hoy sin duda habría muchísimos más católicos sobre el orbe. Los buenos siempre duran poco, sean quienes sean.

Agradecimientos

Don Jesús López Sáez, sacerdote que investigó durante más de quince años la misteriosa muerte de Juan Pablo I, se ofreció gustosamente a colaborar con nosotros en cualquier aspecto que necesitásemos; le explicamos nuestro proyecto y sin ningún reparo, accedió a ayudarnos en elaborar este artículo que habéis leído. Por ello, desde La Iglesia es la Mayor Secta de la Historia queremos agradecerle inmensamente su proceder para con nosotros, por colaborar desinteresadamente con el noble fin de que os aproximéis, aún más, a la verdad sobre los acontecimientos que rodearon a la obra de Juan Pablo I.

Don Jesús López Sáez

Queremos reflejar las palabras que don Jesús nos hizo llegar a través de un mail: “Mi opción vital es distinta de la suya, pero ¿por qué no? podemos estar en muchas cosas de acuerdo”. Ésta es la gente que debería copar los puestos de la Iglesia católica; gente que como Albino Luciani y don Jesús López Sáez, que dan su vida por el servicio a los demás y por la búsqueda de la verdad en el seno de la Iglesia. Aquellas personas que bajo el amparo de una parroquia o una comunidad cristiana dan su día a día a los más necesitados: lo que debería hacer la cúpula eclesiástica desde el principio de sus tiempos. Don Jesús realiza una tarea encomiable, ya fuera del puesto que tenía en la Conferencia Episcopal, debido a las publicaciones de la investigación referente al asesinato del Papa Luciani. Su llamamiento del cristianismo se hace en base a las primeras comunidades, donde el obispo era el “servidor” de la tribu y, por lo tanto, el primus inter pares de la congregación creyente en Cristo. Nada de anillos de oro ni fastos terrenales.
 
Como su predisposición ha sido absoluta y desinteresada, don Jesús tendrá siempre nuestro eterno reconocimiento; aquí os dejamos el enlace de la Comunidad de Ayala, la cual rige cada día como responsable de la misma. http://www.comayala.es/

Muchísimas gracias don Jesús, su trabajo es fundamental para que las generaciones posteriores conozcan a Juan Pablo I, el papa que si hubiese reinado en paz, nos hubiese convertido al mundo entero al catolicismo por su sencillez, amabilidad y sobre todo, valentía.

 

 

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